X1: Conoce mas sobre el 1vs1 brasilero
La modalidad de futbol mas desafiante de todas
Brasil - Argentina 1vs1
Urubici no es un destino que aparece en los planes de cualquiera. No hay playas, no hay fiestas, no hay multitudes. Hay frío, montaña, silencio y fútbol… del que no se negocia. Llegar hasta ahí ya es una decisión distinta, pero jugar un 1vs1 en ese contexto es otra historia. Porque cuando el entorno te exige, el juego cambia, y cuando el juego cambia, aparecen los jugadores de verdad. En medio de la sierra catarinense, lejos del ruido y cerca de lo esencial, me encontré con un rival que no solo estaba a la altura, sino que me obligó a sacar una versión mía que todavía no conocía.
Índice
¿Cómo fue llegar hasta la ciudad elegida?
En ese momento me encontraba viviendo en Balneario Camboriú, haciendo voluntariado en un hostel, pero ya sentía que necesitaba un cambio de aire. Nunca fui muy amigo del calor ni de la vida de playa, así que empecé a mirar hacia el interior, hacia las sierras, donde el clima es más crudo y el entorno te obliga a vivir de otra manera. Así fue como apareció Urubici, un lugar que hasta ese momento apenas conocía de nombre, pero que rápidamente me llamó la atención por su paisaje y su esencia.
El viaje no fue directo ni sencillo, y eso también lo hizo especial. Salí en bus rumbo a Florianopolis, donde me quedé unos días aprovechando para recorrer y desconectar un poco antes de lo que se venía. Desde ahí, la cosa se puso más interesante: no había transporte fácil hasta Urubici, así que terminé encontrando un taxi compartido a través de Facebook, una de esas soluciones improvisadas que terminan siendo parte de la aventura.
A medida que nos íbamos alejando de la costa, el paisaje empezó a transformarse por completo. Las montañas, la vegetación, la niebla baja y ese aire frío que ya se sentía en el cuerpo hacían que cada kilómetro valiera la pena. Fue uno de esos trayectos en los que entendés que el destino no es solo el lugar al que vas, sino todo lo que pasa en el camino. Urubici no solo cumplió con las expectativas, las superó. Es un lugar de ensueño, de esos que te invitan a quedarte un poco más de lo planeado.
¿Cómo encontré al rival para el 1vs1?
Llevaba ya un tiempo instalado en Urubici y había empezado a meterme en el fútbol local jugando para un equipo de f5 del pueblo. Como suele pasar en estos lugares, el fútbol es el punto de encuentro, donde todos se conocen y donde el nivel aparece cuando menos lo esperás. En uno de esos partidos, en una noche fría y con lluvia, me tocó cruzarme con Rafinha.
Fue uno de esos partidos que no se olvidan. Cada ataque era un golpe, cada jugada una respuesta. Él hacía un gol y yo respondía, yo asistía y él devolvía. Íbamos palo por palo, sin regalarnos nada, en un ritmo que no aflojaba nunca. Hasta que sobre el final, en una de las pocas pelotas que logré robarle en todo el partido, quedé mano a mano y definí de picadita para cerrar un 17 a 16 que todavía hoy me hace sonreír.
Pero más allá del resultado, lo que quedó fue la sensación. Sabía que había encontrado a alguien distinto, de esos rivales que no aparecen todos los días. Cuando terminó el partido me acerqué a felicitarlo, intercambiamos Instagram y, sin decirlo demasiado, los dos ya teníamos claro lo que iba a pasar. Ese cruce no se iba a quedar ahí, el 1vs1 ya estaba en camino.
Conociendo al rival: Rafinha
Rafinha tenía 17 años, pero dentro de la cancha jugaba como si llevara toda una vida compitiendo. Era la representación perfecta del jugador brasilero: liviano, eléctrico, impredecible. De esos que no solo te enfrentan, sino que te desafían constantemente. Tenía una resistencia increíble, una velocidad que le permitía sostener el ritmo todo el partido y un regate típico de Brasil, de esos que no se leen, que no se anticipan, que simplemente pasan.
Era derecho y tenía un remate potentísimo, de esos que cuando no terminaban en gol, hacían temblar los palos. No era solo potencia, también tenía precisión, y eso lo volvía todavía más peligroso. Cada vez que encontraba espacio para perfilarse, sabías que estabas al límite.
Fuera de la cancha también se entendía mucho de su juego. Tenía una admiración enorme por Messi, al que consideraba uno de los más grandes de la historia, pero su referencia máxima era Ronaldo, el Fenómeno, y para él, el mejor de todos los tiempos era Pelé. Una mezcla muy clara de lo que era su identidad futbolística: potencia, desequilibrio y confianza.
En ese momento jugaba futsal, lo que explicaba su control, su pisada y su capacidad para resolver en espacios cortos. Pero también jugaba fútbol 11, obviamente como extremo, donde con campo abierto se volvía todavía más difícil de parar. Rafinha fue, sin dudas, uno de los mejores jugadores que me tocó enfrentar en todos mis viajes. Y lo sabía incluso antes de que empezara el 1vs1.
El partido - Sensaciones
Rafinha llegó tarde y mi calentamiento se fue más de la cuenta, así que arranqué el partido ya con el cuerpo cargado. No era el escenario ideal, pero tampoco había lugar para excusas. Estaba ahí para competir, para demostrarme que, sin importar las condiciones, podía imponerme igual. Era mi primer 1vs1 y ya no había pantalla ni videos de otros jugadores, era yo, la cancha y todo lo que tenía para dar.
El inicio fue medido, casi táctico. Los dos sabíamos que cualquier error podía costar caro, así que nos estudiábamos, nos probábamos, buscando ese primer hueco. Decidí no desesperarme, esperar, dejar que él tome la iniciativa y se desgaste primero. Sabía que tenía respaldo atrás: mi arquero, un argentino con el que trabajaba, respondía muy bien y me daba esa seguridad para no salir a lo loco.
Aun así, fue él quien pegó primero. Se puso en ventaja rápido, pero pude reaccionar de la misma manera y descontar enseguida. El partido se jugaba en tres tiempos de diez minutos y el primer bloque terminó 3 a 2 a su favor, con la sensación de que todavía había mucho por ajustar.
Para el segundo tiempo ya tenía claro por dónde pasaba el partido. Había detectado que defendía en bloque alto, pero que si lograba superarlo en el uno contra uno, no hacía el esfuerzo de volver, me dejaba ir solo contra el arquero. Yo hacía lo contrario, lo perseguía hasta el final. Además, siempre buscaba salir hacia su derecha, su pierna fuerte, desde donde sacaba ese remate casi imparable. Ajusté entonces mi marca para forzarlo constantemente hacia su izquierda, sacándolo de su zona de confort.
En ataque también empecé a jugar con eso. Utilizaba mucho mi zurda para que se acostumbre y, cuando menos lo esperaba, cambiaba el ritmo y definía con la derecha. La estrategia empezó a dar resultado y logré dar vuelta el partido. Cerré el segundo tiempo 6 a 4 arriba, con la sensación de que lo tenía donde quería, pero sabiendo que todavía quedaban diez minutos que iban a exigir todo de los dos.
Resultado - Análisis
Entré al último tiempo con confianza. Tenía una ventaja de dos goles y la sensación de que el partido estaba encaminado, así que decidí cambiar el plan. Bajé unos metros, defendí en bloque bajo y aposté a la contra, obligándolo a correr más y desgastarse. Sabía que él no estaba volviendo en las jugadas anteriores, así que quería llevar el partido a ese terreno. Pero no entró en ese juego y siguió confiando en su arquero, manteniendo su estilo.
Ahí empecé a sentir el desgaste. Las piernas ya no respondían igual y eso se notó sobre todo en la definición. Logré ponerme 7 a 4, pero para ese momento ya había fallado tres mano a mano claros. Y como dicen en Brasil, “quem não faz, leva”. El fútbol no perdona, y menos contra un rival así.
Llegaron los goles de él y el partido se puso 7 a 6. El cambio emocional fue inmediato. Yo empecé a dudar, él empezó a creer. Ese 7 a 6 lo gritó con todo, como marcando territorio, como diciendo sin palabras “aquí es Brasil”. Ahí entendí que el partido estaba más vivo que nunca.
Subí la defensa hasta mitad de cancha para no dejarlo perfilarse cómodo cerca del arco, pero en una jugada fallé. Se fue solo, completamente limpio, y en ese momento pensé que ya estaba, que el empate era inevitable. Me quedé parado, resignado… y la tiró afuera. Fue la primera vez en todo el partido que erró un remate claro. Mi arquero reaccionó rápido, sacó largo y me dejó mano a mano. No dudé. Gol. 8 a 6.
Quedaban tres minutos. Encendí todo lo que me quedaba. El cuerpo ya no podía más, la cabeza pedía frenar, pero el corazón empujaba. Él, que nunca se dio por vencido, fue con todo. Descontó, 8 a 7, y empezó a presionar arriba, pegado a mi área, buscando el error.
El tiempo se cumplió, pero no quise cerrar el partido así. No tiré la pelota afuera ni frené el juego. Esto se termina jugando, pensé. Última jugada. Logro pasarlo con un cambio de ritmo y me voy solo contra el arquero. Cuando ya estaba definiendo, siento el golpe. Un codo en la espalda, una traba desde atrás. Era Rafinha. Había corrido toda la cancha para defender, algo que no había hecho en todo el partido. En otro contexto era falta, pero esto es fútbol callejero. Si no hay sangre, se sigue.
Recuperó, salió disparado y quedó mano a mano. Gol. 8 a 8 en la última jugada.
Nos quedamos ahí, respirando, entendiendo lo que acabábamos de jugar. Nos dimos la mano, nos felicitamos. Fue empate, sí, pero también fue una declaración. Brasil y Argentina tienen mucho para dar dentro de una cancha.
¿Te gustaría vivir una experiencia desafiante en el exterior?
Brasil y Argentina. Rivales de toda la vida, sí, pero también hermanos dentro de una misma pasión que no entiende de fronteras. Este partido en Urubici me dejó algo muy claro: el fútbol no es solo competencia, es conexión. Es la excusa perfecta para encontrarte con otros, para medirte, para crecer y para entender que, al final, todos hablamos el mismo idioma cuando la pelota empieza a rodar.
Experiencias como esta te marcan. Te preparan. Te hacen sentir que estás en el camino correcto y que lo que viene es todavía más grande. Porque esto no se trata solo de ganar o perder, se trata de vivirlo.
Y ahí es donde aparece la verdadera pregunta. ¿Te gustaría vivir algo así? No necesariamente en una cancha, sino en cualquier ámbito de tu vida. Salir, explorar, ponerte a prueba, crecer.
Si la respuesta es sí, entonces no alcanza con mirar desde afuera. Hay que prepararse para cuando llegue ese momento.
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